Posteado por: Francisco De los Santos en: 08/11/2009
Un boli y una hoja. Olor de libros viejos y usados.
Notaba que le observaban… Miradas que le llegaban desde ojos de color indeterminado. Ojos escondidos tras un flequillo despeinado.
El transcurso de los minutos. El cambio de luz. El juego…
La luz entrante cruzaba el abismo existente entre dos cuerpos enfrentados que conectaban y desconectaban sus miradas furtivas siguiendo el ritmo de alguna melodía secreta y silenciosa de pisadas y conversaciones lejanas…
Cruce de miradas.
Foto: Nacu
Posteado por: Francisco De los Santos en: 07/11/2009
Y si me dicen que es tu boca
la que le besa y susurra,
yo no lo niego ni lo discuto.
Porque aunque pese tu ausencia
y los celos me partan en dos,
es en tu recuerdo, en silencio,
donde descanso y vivo mejor.
Foto: Aikijuanma
Posteado por: Francisco De los Santos en: 03/11/2009
Si en alguno de los días previos, alguien me hubiera dicho lo que iba ocurrirme, mi reacción inicial hubiera sido de sorpresa, miedo e incredulidad de lo más absoluta hacia mi interlocutor… Y es que los acontecimientos quedan en ese terreno fuera de lo común y abierto a las interpretaciones y jugarretas que la imaginación pretende sobre nuestras percepciones, en alguna que otra ocasión, haciéndonos dudar de nuestra realidad y de lo que hemos vivido, en definitiva. Sobre la historia que voy a narrar a continuación, seguro que ni el más pintado no hubiera sentido, cuanto menos, un escalofrío o cierto pánico ante lo que aquella mañana se presentó ante mis ojos, sin yo esperarlo.
Era por la mañana de un día a mediados de octubre, en esa época en que una no sabe que ropa ponerse porque ya empieza a hacer fresco a determinadas horas. Recuerdo que, además, hacía viento y en el cielo, en la distancia, se aproximaban nubes amenazantes. Como cada mañana me dirigía en autobús al trabajo que compaginaba por aquel entonces con mis estudios de psicología. Era un trabajo que me permitía sobrellevar los gastos que toda chica de veintitantos y estudiante necesita cubrir y que en gran parte tienen que ver con salir y pasarlo bien.
El trabajo en cuestión no suponía gran cosa… Era dependienta en una pequeña tienda, en pleno centro, de regalos originales, mezcla extraña entre boutique, tienda de souvenirs y todo a cien, de las pesetas de aquel entonces, claro. Trabajaba de mañana, junto con otras dos compañeras en una calle aledaña a una de las zonas comerciales más importantes del casco histórico. El local, era un bajo de una casa bastante antigua, de las tradicionales de la judería sevillana, cuya trasera da un patio central andaluz de toda la vida. La tienda llevaba un par de años allí cuando yo empecé a trabajar pero ya no sigue y, en su lugar, han abierto una tienda de cómics.
Esa semana me tocaba a mí abrir la tienda, así que nada más llegar me dispuse a hacerlo accediendo por la puerta interior del patio. Al ir a abrir la puerta, ví un paquete junto a unas macetas que estaban al lado de la entrada. De lo más extrañada cogí el paquete. Parecía una caja y estaba envuelta en papel marrón atado con una guita. Una vez quitado el envoltorio, me encontré con una caja de madera, de tamaño aproximado a una caja de zapatos, preciosamente tallada, y un sobre, en cuyo interior, había una pequeña llave para abrir la cerradura, con un pequeño texto borroso, de puño firme, pero estilo de letra excesivamente anticuado. Era el tipo de letra que atribuiría a alguien bastante mayor.
Sevilla 11 de Octu(…)91
Mi querida niña, creo que no nos que (…)engo qu(…)rme. Quiero d(…)irme de ti. Sí se que será dificil pero necesario al menos temporalmente. Me encontraré contigo en el patio la tarde del día de tu cumpleaños. Te quie(…)teban
Tras una primera lectura no comprendí mucho, lógicamente, e inicialmente no le dí más importancia. Me resultaba raro pero aún así entré en la tienda para abrir la puerta principal y prepararlo todo para la jornada. Era todavía temprano y posiblemente hasta las 10 de la mañana no empezarían a llegar clientes, sobre todo turistas. Un rato después llegó Amparo, una de las compañeras. Tras saludarla le conté sobre el paquete que había encontrado con ese mensaje tan peculiar pero a ella tampoco le sorprendió mucho.
Fue mientras le leía a ella lo poco que se podía entender, cuando se me heló la sangre y un escalofrío me recorrió de arriba a abajo, porque el autor del mensaje, al parecer, sabía la fecha de mi cumpleaños, y es que dos días después, el 13 de Octubre del año 1991, iba yo a cumplir 23 años. Amparo al verme pálida, se asustó y me preguntó que ocurría, casi al mismo tiempo que entraba en la cocina por un vaso de agua. Yo no salía de mi asombro y no entendía nada, pues parecía que la persona, en cuestión, se dirigía cariñosamente hacia mí. La posibilidad de que algún loco o pertubado me estuviera empezado a acosar tomaba forma y sólo de pensarlo se me ponían lo vellos de punta.
En ese momento alguien entró en la tienda y Amparo fue a atenderle… Yo para calmarme un poco salí al patio interior a fumarme un cigarrillo, y también decidida a abrir la caja… Introduje la llave en el agujero de la pequeña cerradura y al abrirlo, efectivamente, me encontré, como el mensaje señalaba, con un pequeño set, por así decirlo, de dibujo o pintura, con bastantes pinceles y gran cantidad de agujeros donde había como temperas de distintos colores, y pliegos de papel. Sin duda era de lo más extraño que me había ocurrido en la vida. En la puerta de acceso interior del lugar donde trabajaba, alguien había dejado una caja que parecía de otro tiempo con un mensaje cuyo contenido misteriosamente parecía dirigido a mí por el asunto del cumpleaños me refiero, ya que yo no tengo afición a la pintura. Tampoco conocía a ningún… ¿Esteban?, quizá podría deducirse que ese era el nombre, a pesar de lo borroso de parte del mensaje, fechado en el por aquel entonces presente año ‘91. Tras fumarme el pitillo fui a entrar de nuevo al interior de la tienda para trabajar, no sin antes percatarme que desde la ventana de uno de los apartamentos de la primera planta, enfrente, vi algo moverse, como una silueta que se ocultara de mi vista y que hubiera estado observándome. Debía de ser algunos de los vecinos, casi todos eran personas mayores.
La jornada transcurrió sin ningún incidente más pero esa noche, mientras dormía, tuve un sueño inquietante y la vez muy vívido como si fuera real en parte…
Me encontraba en una habitación frente a una peinadora con un espejo, bastante antiguos. A mi espalda estaba la cama. Se trataba de una habitación sencilla, sin muchos adornos, en penumbra, propia de otro tiempo y diría que de gente humilde. A mi nariz llegaban, desde la planta baja, aromas exquisitos, identificables con cisco o incienso , y el ruido leve del cacharreo en la cocina, abajo. Reinaba cierta calma y paz, extrañas, como las de las tardes de verano en zonas poco concurridas, y yo adormilada peinaba mis cabellos bastante largos y rizados. Es, en ese instante, cuando un fuerte ruido de pasos se oye en la calle, seguido de varios gritos. Sobresaltada en parte porque estaba casi dormida dentro de mi propio sueño, me asomo a la ventana para observar como una auténtica avalancha de personas asciende por la calle golpeando puertas y ventanas, sacando a los habitantes de sus casas… Por delante de mi portal, sin embargo, pasan sin hacer nada, no así en la casa de vecinos de enfrente. Un escalofrío incomprensible y unas terribles ganas de llorar me invaden cuando sacan a varios de los habitantes, al parecer conocidos por mí…
Al volverme para bajar, sin embargo, me encuentro en una plaza que está bastante concurrida, la cual reconozco como la del Ayuntamiento. En uno de los balcones del edificio principal de la plaza alguien habla a una muchedumbre exaltada que grita e insulta con palabras que no entiendo, mientras conducen a palos, literalmente, a un grupo de personas hacia un edificio al fondo de la plaza, de amplia entrada, custodiada por guardias. Las ventanas tienen barrotes, por lo que mis ganas de llorar vuelven al saber el destino que les espera a esas personas, una de las cuales siento como muy especial para mí. Mientras son dirigidas a la cárcel, cubro mi rostro con las manos durante un instante. Al descubrirme y quitarme las manos, deslumbrada por un claro de las nubes, me encuentro sola en la plaza.
Los ladridos de los perros llegan amplificados a mis oídos desde en el interior del patio de la cárcel, en parte debido al silencio repentino del lugar. Decido acercame a la puerta, los ladridos cesan. Todo está desierto y en silencio, como de madrugada, pero a plena luz del día, como el negativo de una fotografía. Progresivamente me acerco al patio donde un fuerte olor me va invadiendo. Al llegar a la puerta, un horrendo cuadro se dibuja ante mis ojos, pues me encuentro a la izquierda una hilera de cadáveres cubiertos. Al entrar, los perros atados a una de las paredes comienzan a ladrar y un guarda en la garita parece echarle un despojo humano para que cesen en su ladrido… En ese instante se me revuelve el estómago y al mismo tiempo siento como una fría mano toca mi hombro, siendo mi único reflejo, instantáneo, el salir corriendo mientras el guardia de dientes podridos, a mi espalda, suelta una sonora carcajada espetándo “malditos judíos”… No paro de correr, el corazón a mil. Al doblar una esquina me encuentro en la cama de mi habitación, todo flota a mi alrededor o yo floto alrededor de todo… A mí oído llegan llantos, desde abajo y mezclados con los míos, junto con la repetición de un nombre que termina en lamento, varias veces: Esteban! Esteban!
Empapada en sudor y repitiendo el nombre me desperté…
El sueño se estuvo repitiendo durante dos noches más… Al llegar el tercer día al trabajo me encontre en la puerta interior con una anciana que parecía como si hubiera estado esperando mi llegada, para lo cual debería de conocer mis hábitos, sin duda una vecina del patio. Tenía una forma extraña de mirarme, eso o era sensación mía, de paranoia debido a los acontecimientos de estos días y a no dormir bien con esa pesadilla repetitiva. La saludé y me dispuse a abrir la puerta. La anciana alargó un brazo hasta tocar mi mano y me preguntó por la caja de pinturas y dibujo… Yo le pregunté si le pertenecía y ella efectivamente asintió. Le pregunté por qué lo había dejado allí y le comenté lo extraño que me había parecido el mensaje del sobre, como si fuera dirigido a mí. Ella sonrió, con una sonrisa de lo más dulce, de abuela, y me dijo que me lo explicaría si accedía a subir a tomar un café, señalando la ventana donde hace un par de días ví el movimiento de cortinas. Un poco intrigada acepté ese café para uno de mis descansos de por la mañana.
Sobre las 11.00 subí por una pequeña escalera lateral que ascendía al segundo piso del patio con su terraza adornada de macetas con geranios. La puerta de la anciana era el número cuatro. Llamé al timbre y tras oír unos pasos lentos tras la puerta, ésta se entreabrió dejando ver el rostro enjuto pero agradable de la señora anciana. Con una sonrisa terminó de abrir, indicándome con gesto amable que pasara adentro. El apartamento era pequeño y me resultó familiar. A mano derecha estaba la cocina y a izquierda unas escaleras debían subir a un ático o estudio en la última planta del edificio.
La anciana, podría decirse que tenía unos 90 años pero bastante bien llevados. Me invitó a sentarme a una pequeña mesa de camilla donde había una bandeja con el café servido. Una vez sentadas, me dijo su nombre, yo también el mío y me señaló la caja que reposaba en ese momento sobre mis rodillas. Con un tono de voz pausado y dulce, mientras tomábamos café, me contó una pequeña historia sobre una de sus antepasados y su amante, Esteban, el nombre de la carta de la caja , el cual fue apresado el mismo día de escribir la carta y ajusticiado dos días después, de forma que no pudo llegar a manos de su destinataria en la fecha de su cumpleaños. En ese instante recordé mi sueño y palidecí ante la certidumbre de que las personas que ví en él tenían que ver con Esteban. Le narré el sueño a la anciana y ella no pudo menos que soltar una pequeña carcajada entre dientes y me dijo que era debido a la caja, ella pensaba que tenía algún tipo de poder. Yo no pude menos que darle la razón ante la propia evidencia del sueño que había experimentado cada noche desde que la encontré. Me intrigaba el motivo de la muerte de Esteban y el por qué de dejarla cerca de la entrada de la tienda. Ella me explicó, algo vacilante y nerviosa, que era algo que hacía su familia desde la muerte de Esteban, cada año, en el aniversario de su muerte, en el lugar donde la pareja solía encontrarse. Esteban murió, pareció incluso emocionarse, por ser judío en el año 1391, en una famosa persecución y matanza histórica, y en una época en la que se rompía una etapa de convivencia ejemplar en la ciudad entre católicos, musulmanes y judíos. Me fascinó el que después de tanto tiempo y tantas generaciones se continuara haciendo el mismo ritual cada año. No obstante, empecé a pensar que debían ser cosas también de la edad y que aunque la historia fuera cierta, y esa caja con la carta hubiera pasado de generación en generacion, conservándose, el que ella hiciese ese ritual constituía más un pasatiempo para matar el aburrimiento que otra cosa. Media hora después volví al trabajo, la caja estaba con su dueña y con el tiempo olvidé la historia y ese extraño sueño.
Pasado un año, el último que estuve en la tienda, el día de mi cumpleaños, al llegar una de las mañanas observé como una jóven de unos veinte años, bellísima, de piel morena, recogía la caja del suelo y subía, descalza, apresuradamente por las escaleras laterales. Se perdió un momento de mi vista pero al verla caminar de nuevo por la terraza tuve la sensación como si su aspecto fuera cambiando conforme avanzaba, encorvándose. El pelo encanecía como si un destello de luz le diera en el rostro pese a estar el patio aún en penumbra. Al mismo tiempo su paso se hacía más lento y vacilante por el piso superior hasta llegar a la puerta número 4, momento en el cual se volvió para mostrar el rostro triste de la anciana que había conocido el año anterior, la dueña de la caja. Verdaderamente no supe que pensar, había experimentado de nuevo algo sumamente particular, me engañé a mí misma pensando que la escasa luz me había causado algún tipo de efecto óptico o algo, pero en el fondo sabía que lo que había visto esa mañana era de lo más real.
Con el paso de los años todavía , por mi cumpleaños no puedo evitar acordarme del incidente. El edificio está actualmente vacío salvo por la tienda de comics que hay en el lugar donde trabajaba. Los pocos vecinos que quedaban en aquella época debieron irse o fallecieron, por lo que alguna inmobiliaria compró los apartamentos para reformarlos y venderlos. No sé qué fue de la anciana y siempre que voy por el centro y paso por allí, siento un pequeño escalofrío por lo particular, fantástico y real de lo que viví…
Foto: Trunk
Posteado por: Francisco De los Santos en: 31/10/2009
En una noche enredada,
los dedos la savia buscaban
y, ante el temor de encontrar la nada,
la lívida piel apretaban.
Tierra en las uñas y frío el aliento.
Bosque de sombras
y sangre en las hojas.
Foto: Xip
Posteado por: Francisco De los Santos en: 30/10/2009
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